viernes, 4 de mayo de 2018

Inocencia.

Es un recuerdo borroso, casi parece un sueño. Éramos unos niños, creo que pasó cuando apenas acabábamos de empezar la primaria. No sé, debíamos de tener seis o siete años. Quizá cinco. No, no, estoy casi seguro de que teníamos seis. Fue el mismo año que salimos corriendo tras romper el cristal de una vecina. ¡Qué bronca nos cayó! A día de hoy lo pienso y... si yo hubiese sido mi madre... no sé, no sé. Lo que te estaba contando. Teníamos seis años cuando vimos llegar a la policía, con luces, sirenas y todo. Recuerdo que me impresionó mucho, pero más aún cuando los cuatro policías uniformados llamaron a la puerta de nuestra casa. Mi madre me agarró del brazo y me dijo que estuviera callado. No lo entendí. "Si ellos son buenos y nosotros también, ¿por qué no abrimos?" pensé. Bendita inocencia. Claro, yo era un niño, no tenía ni idea de lo que estaba pasando. Los policías gritaron, sabían que había gente en casa. "Mamá, ¿es por lo de la ventana de la vecina?" pregunté. Bendita inocencia. Mi madre me sonrió, creo que intentaba quitarle peso al asunto, pero estaba asustada. Yo estaba tranquilo, no parecía real... 



Disculpa, perdona, me he distraído. ¿Por dónde iba? Ah, sí. Yo estaba tranquilo... Entonces dejé de estar tranquilo. Vi el miedo en los ojos de mi madre y me sentí indefenso. Los policías comenzaron a dar golpes contra la puerta. No recuerdo qué decían, solo recuerdo golpes y gritos. La puerta venció y entraron. Estaban buscando a mi padre, pero él ya no estaba, se había ido unos días antes. Lo vio venir. ¿Dónde fue? Ah, pues ni idea, no volví a saber nada de él. Y me importa un carajo, es un bastardo. Nos dejó y cargó a mi madre con todo. ¿Ira reprimida? No digas sandeces... Es ira, de reprimida nada. El cabrón se piró con la pasta y a mi madre la metieron en la trena, ¿sabes? Decían que si era cómplice, que si había disparado a un tipo... El caso es que a mí me llevaron al centro de acogida. Una mierda, vamos. ¿Que por qué no quiero hablar de lo que hicieron? Pues porque no me gusta. A ver, es muy simple, al capullo le hacía falta el dinero y a mi madre tampoco le venía mal, así que decidieron, en pos de la inteligencia que les caracterizaba, atracar un banco. Sacaron algo de pasta, sí, pero se cargaron a un tipo e hirieron a otro. Es decir, cargos por asalto a mano armada y homicidio. Él se marchó, unos días antes para no levantar sospechas. La verdad es que mi madre un poco tonta era, eh, porque para no levantar sospechas lo mejor habría sido que nos fuéramos todos juntos, no solo él. Pero eso es otra historia.

El caso. A mí me llevaron al centro de acogida y bueno... mi psicólogo anterior decía que mis problemas empezaron en el centro de acogida. Decía que allí desarrollé mis fobias y tal. ¡Cómo para no! Tendrías que haber visto aquel sitio. Te puedo asegurar que las cloacas están más limpias. En fin. Allí había un tipo, un bedel, un poco raro, la verdad, pero era agradable con nosotros. Nos traía caramelos y, cuando nos portábamos muy bien, nos regalaba juguetes. Ahora está preso también. Abuso de menores. ¿Que si me hizo algo? Ese tema ya lo resolví con el psicólogo anterior. Mejor avanzamos. ¿Cómo que no? ¿Por qué no? Eso de que si no me veo capaz de hablar de ello es porque no lo he superado es una tontería. Claro que lo he superado. Dios, qué pesadilla. Pues mira, si tanto te interesa saberlo, sí. A mí me regalaba muchos juguetes. Porque yo tenía miedo, miedo de aquel lugar, miedo de los niños que llevaban mucho tiempo ahí, de volverme como ellos. Y él... pues él me daba menos miedo. Tenía seis años... ¿Que si creo que es una de las fuentes de mis problemas? ¿Qué clase de pregunta es esa? Todo lo que pasó allí es la fuente de mis problemas. La forma en la que llegué allí, el sitio, los otros niños, el bedel... Todo. Tenía seis años y estaba solo. Solo en el mundo, solo e indefenso... 


Anda, mira... ¡se ha acabado el tiempo! Nos vemos la semana que viene. ¿Que aún quedan diez minutos? No, mira, mi reloj marca la hora. No, no lo he adelantado... Me voy. No quiero quitar tiempo al próximo paciente. Muy útil todo, ¿eh? Me voy como con... menos paz, pero la semana que viene lo arreglamos, ¿verdad? Venga, chaíto. 






sábado, 4 de noviembre de 2017

Es(x)pira.

      
     Un fuerte estruendo. El posterior silencio. Tras una breve pausa del mundo, la lluvia. Las gotas chocan contra el cristal que, empañado, da fe del frío exterior. Las sábanas revueltas, la ropa por el suelo, nadie en la habitación. Se escucha una risa lejana, seguida de gemidos. Sin embargo, nadie responde. El reloj palpitante. «Tic, tac». Ese maldito reloj que parece retumbar en medio del apabullante silencio. «Tic, tac». «Tic, tac».

      El policía da el primer paso hacia el interior de la habitación. La penumbra. Los perfiles de los objetos en la oscuridad. Palpa la pared cuidadosamente en busca de un interruptor. La bombilla tintinea, como si protestase, como si no quisiera iluminarse, y parece acompasarse con el «tic, tac». Se adentra con sumo cuidado, procurando no alterar la escena. Avanza hacia las risas y los gemidos que se repiten en bucle.

      Agua. Sus pies se humedecen. Entonces ve el agua que rezuma lentamente por debajo de la puerta que da al baño. Risas. Gemidos. Se escuchan más cerca. Risas. Gemidos. Abre la puerta. Se queda paralizado. Risas. Gemidos. Artificiales. Cuerpos.

            Cuerpos sin vida entrelazados en una bañera. Risas. Gemidos. Una grabación de las víctimas minutos antes de ser víctimas. Risas. Gemidos. Pulsa «pausa», saca una bolsa de pruebas y guarda el móvil que repetía una y otra vez el éxtasis de dos amantes antes de perecer.

     Los cuerpos. Mira los cuerpos. Siente náuseas. Se contiene. La escena es atroz. Ella, degollada. Él, apuñalado. Múltiples puñaladas. Ensañamiento. Odio. Ambos cuerpos yacen boca arriba. Parece un crimen pasional, pero la paciencia, la espera, la grabación, indican premeditación. Mueve a la chica. Ve su espalda. Da un paso hacia atrás. Inspira. «Mira detrás de ti». No quiere mirar. Por el rabillo del ojo, una sombra. No hay nada ahí. O sí. No había visto nada. No podía haber nada ahí. Mira de nuevo la espalda de la chica. «Mira detrás de ti». 

viernes, 16 de junio de 2017

Ninfas desnudas (parte 4)

Elena, incrédula, leía y releía el último párrafo. Todo aquello le sonaba a fantasía, a invención, a mito. Sin embargo, había algo verdadero en todo aquello: Paul se había ahogado tratando de perseguir esa fantasía. Tenía que ir allí, tenía que ver aquel lugar por sí misma, tenía que ver qué era real y qué era imaginación. Se montó en el coche y condujo sin pensar en lo que estaba haciendo. Cuando llegó al lago, se dirigió a la orilla de este y miró a su alrededor. Aquel lugar parecía abandonado, parecía que nadie lo hubiese pisado en cien años. Entonces la vio, con su vestido transparente, oculta tras unos árboles, llorando. Se acercó a ella, pero la ninfa echó a correr. Elena la siguió. La ninfa se paró ante el agua. No hablaba, solo sollozaba. «¿Por qué?» gritó Elena. La criatura mitológica le señaló el lago y con un gesto, tal y como había hecho con Paul, le indicó que la siguiera al interior del lago.
Dicen las historias que, durante los días que Elena lamentaba la muerte de Paul, la ninfa lloraba desconsolada y se dejaba ver en la orilla del lago y que, desde que Elena se hundió en las aguas custodiadas por aquel ser, vuelve a reír y correr entre los árboles como una visión celestial. Otras historias cuentan que Elena se ofreció a sí misma como obsequio a las aguas, que estas, agradecidas, la transformaron en una ninfa y que, desde aquel día, son dos las bellas mujeres que corren entre la maleza cogidas de la mano y riendo. Sobre Paul hubo también muchas leyendas, pero estas fueron diluyéndose hasta quedar tan solo como un ínfimo recuerdo, una anécdota sin importancia, sobre el amante loco hundido en las aguas. 
A día de hoy muchas personas acuden  al lago con la esperanza de encontrarse con una de las ninfas, como si se tratasen de genios que pudieran concederles algún deseo oculto. Hasta ahora nadie ha conseguido verlas, aunque muchos afirman haber oído unas risas lejanas, como de burla, que fácilmente podrían confundirse con el murmullo del viento. 





jueves, 15 de junio de 2017

La calma

La calma. Siempre llega tras la tormenta, al menos eso dicen. ¿O es la tormenta la que llega tras la calma? Supongo que depende de la perspectiva, como aquello de ver el vaso medio lleno o medio vacío, o aquello de matar para salvar a gente o dejar morir a gente para no matar a nadie.  Es curioso, ¿no? Es curioso que, dependiendo del punto de vista, una acción pueda ser considerada justicia o crimen, bondad o piedad, una buena acción o una atrocidad.
Allí había calma, eso estaba claro, aunque no lo estaba tanto si era previa o posterior a la tormenta. Se miraron. Sentados en aquel rincón apartado del mundo, observando la naturaleza, todo parecía tan pacífico que por un momento eran capaces de olvidar la realidad, ese mundo que se iba a pique tan precipitadamente. ¿Por qué nadie era capaz de hacer lo que ellos estaban haciendo? ¿Por qué nadie podía pararse apreciar el mundo a su alrededor?
Llevaban un rato en silencio, como si pronunciar un mínimo sonido pudiera romper toda la paz del lugar. Ella entornó una sonrisa, una de esas sonrisas tristes, y él cogió su mano y la estrechó con dulzura. Las lágrimas a punto de brotar de sus ojos, contenidas a duras penas, mientras la brisa balanceaba sus cabellos. Era hora de volver, ambos lo sabían. Ella le apretó la mano, como si eso le diera fuerza para no llorar, pero una lágrima se escapó a su control y se deslizó lentamente por su mejilla. Él se levantó y se alejó con tranquilidad. Ella se quedó allí parada, contemplando el paisaje mientras el llanto se apoderaba de su ser y las nubes iban cubriendo el cielo. «Te echaré de menos» susurró.

«Te echaré de menos» susurró de nuevo mientras abría los ojos en su cama. Lo echaba de menos. La calma llegaba cada noche en sus sueños, cuando recordaba aquel pacífico lugar y lo veía. La tormenta volvía siempre al amanecer, cuando despertaba y veía que su hijo nunca volvería. 

miércoles, 14 de junio de 2017

Noticia #Blogsafiliados

¡Hola!
Subo esta entrada para informaros de que voy a actualizar la sección Blogs afiliados. Creo que todos lo sabréis ya y estaréis cansados de que lo repita mil veces en todas las redes sociales (Twitter, Google+, etc.). No obstante, a riesgo de repetirme excesivamente, voy a explicar en esta entrada en qué consiste la iniciativa Blogs afiliados, la cual está en una página fija en el blog que podéis encontrar a la derecha en las pestañas de arriba.

Esta sección del blog empezó en el año 2015, cuando más activo tuve el blog, y pretendía ser un punto de acceso desde mi blog a otros blogs de escritura y, en algunos casos, de escritura y de reseñas. La iniciativa estuvo abierta en todo momento, quien quisiera unirse era libre de hacerlo, sin restricciones. El objetivo fundamental era fomentar la lectura de los blogs, compartir contenidos.
La participación en la sección no tenía condiciones, nadie estaba forzado a crear una sección similar en su blog, ni a poner mi banner, ni siquiera a seguir mi blog si no resultaba de su interés.

La intención ahora es exactamente la misma: actualizar la lista de blogs y volver a mover a la gente, es decir, ganar más visibilidad no para mí, sino para el resto, porque tal y como os he dicho antes, no busco que se me siga por compromiso ni se me publicite de ninguna manera, sino que la gente que sigue mi blog tenga una fuente de acceso a buenos blogs de escritura y que gente que escribe bien y no tiene demasiados seguidores consiga que su blog gane presencia en las redes. Las condiciones son las mismas que hace dos años: no hay condiciones.

Si os interesa participar, por favor, contactad conmigo a través de Twitter o poniendo un comentario en la sección de Noticias con lo siguiente:
- Nombre del blog
- Descripción breve del blog
- Enlace

Y nada, eso es todo, a los que os animéis os avisaré cuando la actualice.
¡Un beso enorme!


martes, 13 de junio de 2017

Ninfas desnudas (parte 3)

»La segunda vez que la vi fue como la primera, al menos al principio. La oí reír y me giré, me indicó que la siguiera y lo hice. Parecía volar. Era preciosa. Perfecta. Un sueño. Bajo el vestido transparente se perfilaba un cuerpo maravilloso que apenas parecía sentir el movimiento de la muchacha, que corría, reía y cada poco se giraba y me pedía que la siguiera. Llegamos al borde del lago. Se detuvo mirando a las montañas del fondo del lago, por donde el sol comenzaba a ocultarse. Cuando la alcancé, se dio la vuelta, me miró y me sonrió. Traté de decirle algo, ni siquiera sé qué, pero ella me indicó que guardara silencio con un gesto que fue acompañado por el quejido del viento. Parecía que la naturaleza se acompasase con cada uno de sus movimientos. Se acercó a mí y posó su mano sobre mi mejilla. Quise besarla. Solo anhelaba poseerla, era un sentimiento superior a mí. Intenté besarla, pero antes de que llegase a rozar sus labios ella se desvaneció. Caí de rodillas al suelo, de nuevo devastado por los acontecimientos. No podía seguir así.
 »Volví a casa, más ausente que nunca. Sentía la necesidad irrefrenable de encontrarla y reunirme con ella. Trataba de sacarla de mi mente, pero era incapaz. Su imagen invadía cada segundo de mi vida, cada pensamiento, cada sueño. Me sentía extraño en mi casa, atrapado, porque aquel lago y aquella mujer se habían convertido, sin quererlo, en mi lugar feliz y necesario. Todo lo demás me deprimía, me abrumaba. Veía a Elena, veía cómo me miraba y sabía que tenía que olvidarlo todo, pero ya era demasiado tarde.
»Aquella noche soñé con ella. La vi corriendo, riendo, llamándome. La vi al borde del lago, la vi acariciarme la mejilla y la sentí. Aquella mañana no fui a trabajar, fui al lago. La esperé en la orilla que había desaparecido la última vez. Sentí que alguien me tocaba el hombro y me di la vuelta. Allí estaba. Me tomó de la mano y me llevó hasta el agua. La besé con temor de que desapareciera de nuevo, pero nuestras bocas se fundieron en un intenso beso que revolucionó todos mis sentidos. Sin mediar palabra se quitó el vestido y puso mi mano sobre su cintura. La miré a los ojos y vi que tenían un color extraño, contenían todas las tonalidades del lago, eran un reflejo de este. Ella se adentró más en el agua y se sumergió, me pidió que la siguiera y entonces lo entendí. Quise seguirla, pero no fui capaz, mis pies estaban anclados a la orilla, aún tenía algo que hacer.
»Volví a casa. Tenía que dejar testimonio de mi encuentro con tan bella y mágica criatura. Han pasado dos días desde mi último encuentro con ella y ya he tomado la decisión: he de volver, tengo que reunirme con ella, adentrarme en las aguas y sentir su cuerpo desnudo contra el mío. Debo darle mi vida». 

domingo, 4 de junio de 2017

Ninfas desnudas (parte 2)

Esperaba que en aquella libreta, en aquella especie de diario, se hallase la clave de lo que había sucedido. Empezó a leer: notas sobre cosas que tenía que hacer, ideas muy diversas que iban desde lugares a los que quería ir o listas de posibles regalos de cumpleaños hasta reflexiones sobre la importancia que le daba a cosas como el trabajo. No parecían las notas de un suicida, algo no cuadraba. Elena fue avanzando en la lectura y, entonces, al final del cuaderno, se topó con unos textos mucho más largos y más elaborados que el resto del contenido. Comenzó a leer:

«Aquel día en el lago, mientras pescaba, no podía llegar a imaginar cómo iba a cambiar mi vida en tan solo cuestión de unos minutos. Era un día tranquilo, apenas se oía el susurro del viento. Entonces escuché a alguien reír detrás de mí. Me giré y la vi. Me pareció una diosa intocable, un mero espectro que se burlaba de mí mientras me incitaba a jugar. Me levanté y la miré fijamente, me hizo un gesto con la mano indicándome que la siguiera. Era hipnótica. Se movía ágil entre los árboles, como si nada la retuviera, tenía la piel transparente y un fino vestido a juego. Traté de seguirla, pero pronto la perdí entre la maleza. Entonces, de golpe y sin motivo, la tristeza me invadió. Fue como si un tsunami devastara mis costas y ya nada tuviera sentido. Me quedé ahí, parado, desolado, tratando de convencerme de que todo aquello había sido un producto de mi imaginación, pero sabía, estaba convencido, de que lo que había visto junto al lago era real. Tenía que serlo. Necesitaba que lo fuera».