jueves, 30 de abril de 2015

Distancia

    Distancia. Esta palabra la utilizamos muchas veces como excusa o pretexto para decir que algo no puede ser. Solemos decir que "x" kilómetros nos separan de alguien. Sin embargo, la distancia no solo se refiere al espacio geográfico, sino que también tiene que ver con lo próximo que se es a otra persona íntimamente. Cuando decimos que nos hemos distanciado de alguien de nuestra vida, no significa necesariamente que hayamos puesto kilómetros en medio, sino que ya no tenemos una amistad tan cercana o un amor tan fuerte. Este es el motivo de que dos personas que viven en el mismo pueblo puedan decir "nos distanciamos". Es un producto de la magia del lenguaje, como cualquier otro.
    Y claro, rompemos relaciones, establecemos otras nuevas. Cambiamos, cambian, ponemos excusas y ellos las ponen. Al final nos distanciamos, pasan los años y nuestras vidas ya no son las mismas. Esos amigos que creías que iban a ser para toda la vida ya no están y llegan otros nuevos que no sabes si durarán. Es un producto de la magia de la vida. 
    Parece frío llamarlo magia de la vida como si fuese positivo que la gente pase por nuestras vidas como algo pasajero y que luego quede un simple recuerdo o, a veces, ni siquiera ese recuerdo. Sin embargo, no es pasajero, por eso lo llamo así. No es pasajero porque esas personas, incluso las que no nos han parecido tan importantes, han ejercido algún cambio en el curso de las cosas. Si no hubieras conocido a tal persona, quizá no habrías conocido a otras o quizá no habrías descubierto algo que ahora adoras hacer o no estarías leyendo este texto en este momento. Pero quizá no estarías haciendo esto o aquello si no te hubieras distanciado de esa persona, he aquí la doble cara del asunto. 
    La distancia, ese producto mágico del lenguaje, esa excusa que nos inventamos para no culparnos a nosotros mismos de no haber mantenido la fuerza en una relación, de no haberla cuidado, es lo que hace tan mágica la vida. 

martes, 28 de abril de 2015

Perdición.

Las horas pasaban y, mientras la noche se sumergía más en la penumbra, tú te aferrabas a una copa de whisky barato, de esas que saben mal e incluso revuelven tu estómago. Rememorabas viejos tiempos, todas batallas perdidas y, las menos, algunas ganadas. 
Los años de guerra habían sido duros, habías visto cosas horribles que el alcohol no lograba eliminar. Las mujeres que pasaron por tu cama sabían que no te podrían enamorar, que la historia no iba a durar.  Ellas se marchaban y tú te quedabas en soledad, añorando el cariño y el calor efímero que aquellas te proporcionaban. 
Estabas perdido, cada vez más hundido, querías hallar algo en lo que creer. Sin embargo no encontrabas qué. Dios había muerto en tus pensamientos, la guerra lo había matado junto a muchos de tus compañeros, y no creías en nada. La fe había muerto. Quisiste creer en la familia, pero no la tenías. La guerra, otra guerra, se los había llevado a ellos antes que a tus compañeros. 
Buscaste refugio en los brazos de más mujeres y de más botellas de indiscriminados alcoholes. Lo que al principio era un refugio tornó en adicción y ya no podías salir de ahí. 
Tu cuerpo comenzó a llenarse de cicatrices que no recordabas cómo habían llegado ahí. Las peleas en los bares y después en las calles. Tus manos llenas de cortes y cristales incrustados de tantos vasos rotos por la rabia que te llenaba al mismo tiempo que la botella se vaciaba. 
Muchos trataron de salvarte, pero acabaste por desaparecer. La gente se preguntaba si estarías mendigando por otro whisky barato en algún bar o en alguna calle tirado, o si estarías muerto y nadie lo sabía. Pero el que conocieron no existía, era la sombra de alguien que había muerto mucho antes, alguien a quien las guerras habían aniquilado. Tú lo sabías, sabías que ya no eras ni siquiera un reflejo distorsionado de quien habías sido y, mucho menos de quien habías querido ser. Por eso no lo dudaste y saltaste. Sentiste el frío metal de las vías antes de que todo se apagase y, supiste entonces, que el calvario había terminado. 

lunes, 27 de abril de 2015

Décima

Paso acelerado,
calles abarrotadas,
vidas resquebrajadas,
otro enamorado.
¡Trágico ilusionado!
Sabe que ha perdido.
Todo lo ha querido:
risa, amor, pasión,
besos con devoción...
y nada ha obtenido


domingo, 26 de abril de 2015

Romanticismo.

Antes me encantaba escribir textos en los que primaba el romanticismo, textos cargados de palabras que quizá pudieran conmover a un lector medio. Textos llenos de letras, pero vacíos de sentimientos. Textos en los que un ideal amoroso te lleva a escribir desenfranadamente, pero que cuando los lees piensas "yo no soy así".
No soy romántica. Soy capaz de pronunciar un cúmulo de palabras bonitas carentes de originalidad, de las que escuchas en las películas o lees en los libros. Esas frases que suenan tan bonitas cuando las dice otro y tan falsas cuando tú las pronuncias. Y sabes que suenan falsas no porque tú no tengas esos sentimientos, sino porque son las palabras de otro. No son las tuyas y por eso nunca, aunque se aproximen, van a expresar con exactitud tus sentimientos. Ni siquiera tus propias palabras serían capaces de expresarlos, porque los sentimientos en palabras se pierden, queda quizá un rastro del sentido que tenían en tu mente, pero no tienen la misma pureza. Y es que los sentimientos no se dicen, los sentimientos se muestran. Se muestran con una mirada, con una caricia, con el roce suave contra los labios de quien amas, pero nunca con palabras. Las palabras son fugaces y están vacías, no son más que un conjunto de letras que con otro orden tienen otro significado. ¿Qué pasa si cambias el orden? Amor se convierte en Roma, se convierte en armo, se convierte en mora. ¿Qué pasa si cambiamos de idioma? Amor, amour, love, lieben, amore... En cambio el sentimiento, qué palabra tan bonita y tan abstracta, este es el mismo sin importar el idioma. Un beso, una caricia, una mirada, un suspiro, eso no cambia.
El amor es más complejo que las palabras.

Esta es la razón por la que ya no me gustan esos textos en los que prima el romanticismo. La cursilería ya no me conmueve. Necesito que vaya más lejos de las palabras, pues solamente estas no pueden capturar ni un pequeño pedazo de mi alma.