miércoles, 29 de julio de 2015

Las flores de Blanca.

Pude sentir su aroma. Como de costumbre había utilizado más perfume del necesario e iba dejando un rastro fácilmente distinguible. Esa era una de sus mejores cualidades. A veces creía que lo hacía a propósito con la intención de que yo pudiera encontrarla siempre. Otras, simplemente, pensaba que le gustaba ser el centro de atención y su inconfundible aroma floral ayudaba a dicha tarea. A Blanca le encantaban las flores en su plenitud, el olor, la forma, la simple imagen de una flor. Supongo que le recordaban a ella misma; bellas y delicadas, pero a la vez fuertes.
Una vez cada dos días, Blanca iba a su jardín y recogía un nuevo ramo para colocarlo en el centro neurálgico de la sala en la que pasaba la mayor parte del día; el escritorio del despacho. Cuando se sentía triste o simplemente necesitaba pensar, contemplaba las flores y algo cambiaba en su mirada. A mí me gustaba bromear diciendo que amaba a sus flores más de lo que jamás me amaría a mí y ella, con una sonrisa dulce, me respondía que eso era imposible.
Un día, mientras caminaba por el parque, me encontré de frente con una pequeña tienda en la que había un precioso vestido de flores y no pude evitar pensar en cuánto le gustaría a Blanca. Por eso entré y lo compré. Lo habían metido en una caja que lo protegía de sufrir algún daño y al mismo tiempo hacía una incógnita de su contenido. Cuando llegué a casa, me dirigí con ilusión al despacho. Creo que no se había percatado de mi irrupción hasta que apoyé la caja sobre la mesa. Me observó con interés y yo le pedí, impaciente, que lo abriera.
Estoy seguro de que nunca olvidaré la mirada que me dedicó; no sé si se debió a que no soy la clase de hombre que tiene detalles sin que haya motivo de festejo o si fue porque no se esperaba que apareciese ilusionado por regalarle un vestido blanco de florecitas rojas. Blanca, emocionada, me dio un fuerte abrazo y corrió a probarse el vestido. Nunca la había visto brillar como aquel día.

lunes, 27 de julio de 2015

¡Charlotte, Chalotte! (Tercera parte)

Te busqué por toda la ciudad, pero fue completamente inútil pues ni siquiera conocía tu apellido. En realidad no sabía nada sobre ti, excepto que estaba enamorado de ti a pesar de que habíamos hablado apenas dos horas. Yo era uno de esos locos que creían en el amor a primera vista. ¡Cuán diferentes éramos y cuán próximos llegamos a ser! Los siguientes días iba a la cafetería con la esperanza de encontrarte y después paseaba hasta el teatro y me sentaba en un banco a contemplar el edificio, mientras imaginaba que llegabas, te sentabas a mi lado y me dejabas tocar con timidez tu pequeña y fina mano. Soñaba contigo todo el día, sin importar si dormía o estaba despierto. A veces preferimos vivir la realidad que nosotros mismos creamos en nuestra mente, en lugar de la que el resto ve.
Era domingo, la gente estaba muy bien ataviada para ir a la iglesia. Yo, sin embargo, lo estaba para ir a sentarme en una cafetería y perderme en mis pensamientos, para perderme en ti. Cuando entré, te vi y no pude sentirme más feliz. Estabas diferente, algo había ocurrido en aquellos días de ausencia. Incluso tu forma de andar era distinta. Cuando te aproximaste a mi mesa me sonreíste de forma forzada y me preguntaste distante qué quería. «¿Qué te pasa?» pregunté. «¿Qué desea tomar?» repetiste. Yo te supliqué que me explicases que sucedía, pero tú te limitaste a hacer tu trabajo como si no me conocieras. Quise creer que tras los días de ausencia sin justificar tu jefe se había enfadado y las cosas estaban tensas en el trabajo, pero esperaba que me dejaras una nota como la otra vez. Sin embargo, no lo hiciste. Salí de cafetería, la realidad me había caído como un jarro de agua fría.
Me alejé de la cafetería con un dolor punzante en el corazón y decidido a no volver a pasar por ahí. Quise irme lo más lejos posible de ti y empecé a idear un viaje, pero cinco minutos más tarde me pareció el pensamiento más absurdo de toda mi vida. Miré el reloj, en unas horas saldrías de trabajar y yo, ¡oh, Charlotte!,  yo tenía que estar ahí para que me explicases qué diantres había sucedido y dónde habías estado. Años después, con más perspectiva, me di cuenta de que debía parecer un loco que te acosaba, pero tú eras la causa de mi maldita locura.
Cuando saliste de trabajar yo te esperaba en la esquina. Me pediste asustada que me marchara y yo te supliqué que me escuchases. «Sé que crees que me amas, pero no puede ser David» exclamaste mientras tratabas de zafarte de mí. Yo te agarré el brazo y tú expresaste un gemido de dolor. Te solté creyendo que te había lastimado, pero no había sido yo.
-          ¿Qué te ha pasado, Charlotte? ¿Qué tienes en el brazo?
-          Tienes que irte, tienes que alejarte de mí. Por favor – Vi como las lágrimas comenzaban a brotar de tus preciosos ojos y me asusté.
-          ¿Qué pasa? Dímelo, por favor.
-          No puedo. Déjame – te agarré de nuevo y levanté la manga de tu chaqueta. Tenías el brazo completamente magullado.
-          ¿Quién te ha hecho esto?
-          Por favor, no vuelvas a acercarte a mí. Te lo suplico.
Corriste calle abajo, como si tuvieras miedo de mí, pero lo que en realidad temías era que te vieran conmigo. Cuando te aproximaste en  la cafetería me percaté de que llevabas la cara cubierta de maquillaje y me extrañó, pero no comprendí porqué cubrías tu belleza natural con potingues hasta que vi tu brazo. Si llevabas maquillaje no era por estética, era para cubrir los golpes.

martes, 7 de julio de 2015

Sttorybox

¡Hola!

La entrada de hoy la voy a dedicar, así como he otras veces con otras plataformas como "Asociación Blogger", a Sttorybox. Por si no conocéis la página, os informo. Es una web donde la gente cuelga sus historias, tiene seguidores, etc. Es básicamente como un blog, pero con límite de caracteres, 1111 concretamente. La cifra a mí me gusta, aunque me cuesta muchísimo limitarme a esa extensión. Sin embargo, he de admitir que hay gente que realiza en esos 1111 caracteres unas historias maravillosas que merecen la pena.
Además de la ventaja de ser una comunidad y que tu texto va a ser accesible a mucha gente sin necesidad de que andes promocionando el blog, esta página organiza concursos de textos. Este año los que entrasen entre los 100 primeros del ranking serían publicados y de esos 100 serían elegidos cinco (creo) para aparecer en la portada del libro. Yo he tenido la suerte de quedar entre los 100 primeros, en concreto en el puesto 21, aunque no me he clasificado como finalista. 
De todos modos, os recomiendo que echéis un ojo a la web porque, como os he dicho antes, está llena de historias maravillosas. Os dejo aquí el enlace ;)
http://www.sttorybox.com/stories

¡Un abrazo!

lunes, 6 de julio de 2015

¡Charlotte, Charlotte! Le rendez-vous

Eran las siete de la tarde. Te vi salir de la cafetería desde la lejanía. Quedaban aún treinta minutos para la hora que me habías indicado, pero no podía contener las ganas que tenía de verte. Sentía que debía postrarme ante ti. Sí, Charlotte, ya sé que ahora suena completamente tonto y alocado, pero algo me decía que debía ser así. Me fui en la otra dirección, temiendo que si iba en la misma que tú pensases que era un loco que te seguía y acudieses a la policía. A las siete y media te estaba esperando en las escaleras de la entrada principal del teatro. ¡Oh, cómo ansiaba verte de nuevo! Cuando apareciste con tu maravilloso vestido amarillo creí ver el sol brillando en mitad de la noche. Te acercaste y me susurraste tu nombre. Charlotte… ¡oh, Charlotte!
No sé cuánto tiempo tardó mi boca en cumplir las órdenes que mi cerebro le enviaba, pero debió ser una eternidad. Finalmente, con una voz extraña y entrecortada que distaba de ser la auténtica, logré decir «David». Me extendiste tu mano y la estreché con la mayor delicadeza que pude, como si temiera que fuese de porcelana y se rompiese al ejercer una mínima fuerza. «¿Por qué en la puerta del teatro?» te pregunté. Miraste al edificio y, antes de que me lo dijeras, obtuve la respuesta. No hacían falta palabras, tus ojos hablaban por sí solos. Brillaban, resplandecían al ver ese edificio y me di cuenta de que era tu sueño. Tenía que haber imaginado que una belleza de tal magnitud no estaba hecha para la mera contemplación de unos pueblerinos, ibas a ser una gran actriz.
No sé cuánto tiempo pasamos hablando en la puerta del teatro. Bueno, en realidad eras tú quien hablaba y yo me limitaba a escucharte. Tu voz parecía sacada del mismo paraíso, era como el canto de las sirenas que hipnotizan y atraen a los marineros y yo, yo me sentía como uno de esos pobres desgraciados que no pueden evitar saltar al agua y morir ahogados. Me contaste que trabajabas como camarera porque tenías miedo a intentar ser actriz y fracasar, y porque tenías miedo a la reacción de tu padre quien no era ningún espíritu celestial, aunque eso lo descubriría algún tiempo más tarde. Por mi parte yo te animaba a hacer lo que deseases, pues creía que un ángel tenía sus alas para volar, no para quedarse en tierra. Me mirabas como si fuese un pobre iluso que no sabía cuán dura podía ser la vida y quizá tuvieras razón. Nos despedimos un rato más tarde con la promesa de que nos encontraríamos de nuevo y me diste un beso en la mejilla. Jamás olvidaré la sensación de tus gruesos y cálidos labios rozando suavemente mi piel por primera vez. ¿Sabes eso que dicen de que los enamorados sienten mariposas revoloteando en sus estómagos? Así me sentía cada vez que estaba contigo y te juro… ¡ay, Charlotte! Te juro que jamás he vuelto a sentir algo similar a lo que tu sola presencia me hacía sentir. Nunca me había sido tan feliz como aquella noche. Nos alejamos en direcciones contrarias, yo soñaba despierto. Aquella noche al meterme en la cama no estaba seguro de si quería dormir, pues temía que si lo hacía cuando me despertase todo hubiera sido un sueño.

A la mañana siguiente el sol brillaba con mucha fuerza, me levanté de la cama con la esperanza de que el día previo hubiera sido real y con la firme intención de ir aquella tarde a la cafetería para poder volver a verte y sentarme en la zona que tú atendías. ¡Cuál fue mi sorpresa al llegar a la cafetería y ver que no estabas! Por un momento creía que estaba loco y me había imaginado todo. Me dirigí a Margarita y le pregunté por ti. Me respondió que no habías aparecido en todo el día y que tampoco habías avisado. Mi primer pensamiento en ese instante fue que debería haberte acompañado hasta tu casa, que no eran horas para que una muchacha tan joven y guapa fuese sola por la calle. Creí que te había pasado algo horrible y me culpaba por ello. 

miércoles, 1 de julio de 2015

¡Charlotte, Charlotte!

[Antes de comenzar con el texto quería pedir disculpas por el mes de ausencia. Entre exámenes, traslados y reparaciones del ordenador me ha resultado imposible actualizar el blog. Sin embargo, a modo de compensación el texto esta vez va a ser bastante más amplio. De hecho, enfrascada en la escritura de esta historia he llegado a la conclusión de que, por la extensión que va a tener, ocupará más de una entrada. Así, aunque el final no vaya a ser inminente como en el resto de historias, quizá os encontréis con un final que os satisfaga en lugar de uno tan abrupto o tan abierto. Espero que os guste la historia. Muchas gracias por dedicar vuestro tiempo a la lectura de mis textos. ¡Un abrazo!]


Había pasado años postrado en aquella silla, con la mirada perdida y sin mediar palabra. Las enfermeras lo dejaban cada día observando el jardín desde la ventana. Aunque tenía los ojos siempre abiertos, no aparentaba percibir lo que sucedía a su alrededor. Y, efectivamente, así era, hacía mucho tiempo que se había enfrascado en sus propios recuerdos, reviviéndolos una y otra vez en su mente. Mientras los días pasaban para el resto, él retrocedía en el tiempo. Cada día perdía más recuerdos. Un día una enfermera se acercó a él y cariñosamente le informó de que iba a llevarle a su habitación para que descansara. El anciano la miró, algo en ella le resultaba reconocible. Murmuró un nombre que ella no llegó a comprender, pero que en el transcurso al habitáculo del hombre el delirio de este comenzó a crecer. «¡Charlotte, Charlotte! ¿A dónde me llevas, Charlotte?» gritaba. Ella, que no conocía a ninguna Charlotte y no sabía a quién llamaba este, le decía que se llamaba Sara, no Charlotte, que era su enfermera y que lo llevaba a su cuarto para que durmiera.  «No, no. ¡Mientes! Eres Charlotte. ¿Charlotte, por qué me haces sufrir así? ¿Por qué niegas ser quien eres? ¿Es otro de tus juegos? ¡Respóndeme!» el hombre gritaba cada vez más, sumido en un estado de absoluta abstracción, y empezaba a violentarse. Sara, ayudada por un celador, logró llegar hasta la habitación y meterlo en la cama, pero él continuaba con sus súplicas, implorando a Charlotte que no le engañara, que no se marchara, que se quedase allí con él.
Sara salió de la habitación asustada por la reacción que había ejercido su presencia sobre aquel señor, pero también con una repentina curiosidad que le hacía querer saber más acerca de aquella misteriosa Charlotte. Lo primero que hizo fue ir a ver la ficha en la que figuraban todos los datos personales del paciente, pero allí no aparecía ese nombre. Después, llamó a la única hija que el señor Coetlles, pues así se llamaba, tenía, y para la sorpresa de la enfermera la señorita Coetlles tampoco tenía ninguna idea acerca de quién era o había sido Charlotte y de qué significaba para su padre. Los siguientes días, para evitar otro altercado, Sara intercambió el turno con una compañera, pero el nombre de aquella mujer invadía cada rincón de su mente y sentía la necesidad de saber más.
Había pasado casi una semana cuando volvió a intercambiar el turno con su compañera y  a encontrarse con el anciano. Él, como todos los días, estaba junto a la ventana mirando sin mirar. Sin embargo, cuando Sara se estaba acercando, él pareció sentir su presencia y se giró hacia ella clamando «¡Charlotte! ¡Oh, Charlotte! Creí que te habías vuelto a marchar. Por favor, Charlotte, quédate esta vez, no me dejes». El hombre pronunciaba el nombre continuamente, como si de esa forma fuese a convencer a su fantasía de que le hiciera caso. Sara se sentó a su lado y, cogiéndole de la mano, le preguntó quién era aquella misteriosa mujer. Él, completamente seguro de su respuesta, afirmó que era ella. La enfermera, ansiosa por saber quién se ocultaba tras ese nombre y porqué él se había empecinado en que ella era la mujer a la que llamaba, le respondió que claro que era ella, pero que para asegurarse de que era él después de tanto tiempo quería que él le contase la historia que tenían en común.


-          ¿No te acuerdas? – dijo con tono triste – Ay, yo te amaba Charlotte, pero tú te marchaste. ¿Por qué te fuiste? – Sara no respondió, esperaba que Coetlles continuase – Me enamoré de ti en el primer instante que te vi. Eras tan guapa... ¡la belleza personificada! Me pregunté cómo estarías, si estabas tan guapa con ese uniforme grisáceo que a nadie podía favorecer, con cualquier otra vestimenta. ¡Debías ser una diosa! Y no me equivoqué Charlotte, eras una diosa… o quizá todas juntas. Eras más inteligente que Atenea, más bella y deseable que la misma Afrodita, lo supe antes incluso de poder entablar una conversación contigo.
Tú atendías las mesas de una zona, pero la mía no estaba entre ellas. Me sentí tan desgraciado… ¡Ay! No sabes cuánto, Charlotte. Los siguientes días seguí yendo a la cafetería, comprobando si siempre trabajabas en la misma zona o la alternabas y tratando de reunir el valor para sentarme en una mesa que tú atendieras. No sabía qué decirte. ¿Qué decirle a una diosa? ¿Qué decirle a la más viva imagen de un ángel caído del cielo? ¡Oh! Deseaba con toda mi alma hablarte, pero no podía utilizar una frase típica, tú no eras una mujer típica. Tras un par de semanas acudiendo a tu lugar de trabajo diariamente para poder admirar tu belleza, me topé con la sorpresa de que la otra camarera había enfermado y tú debías cubrir las dos zonas. Debió de ser uno de esos juegos del destino, pues tú te acercaste a mí y con una sonrisa burlona me dijiste: «Sé que siempre viene aquí para que le atienda Margarita, pero lamentablemente hoy se va a tener que conformar conmigo». Yo no era capaz de pronunciar palabra. ¡Ay, Charlotte! No solo eras perfecta en la lejanía, sino que de cerca eras aún más hermosa, tu reluciente sonrisa me había cautivado. Me preguntaste si estaba bien y yo, tratando de encontrar algo que decir, simplemente contesté que quería un café solo. ¡Qué estúpido fui! Debiste creer que tu tono familiar me había contrariado, pero no, en realidad llamó más mi atención. Debes entender Charlotte que con mis jóvenes veinte años no sabía muy bien cómo tratar a una respetable dama como tú. No te parecías en lo más mínimo a todas aquellas muchachas con las que había tenido encuentros casuales mientras realizaba el servicio militar. Cuando volviste con mi café y con una disculpa por haber sido tan cercana, no pude evitar reírme. Me miraste atónita, con esos maravillosos ojos verdes que recordaban a las grandes praderas de mi lugar de origen, y yo te invité a que te sentaras. Dudaste, supongo que tanto por la invitación de este desconocido con actitud de loco como por la posible reprimenda de tu jefe si te veía sentada en lugar de atendiendo las mesas, pero yo insistí y accediste. Recuerdo aún las palabras que te dije porque necesité más valor para pronunciarlas del que he necesitado el resto de mi vida «Lo siento. No pretendía ser descortés. En realidad, señorita, vengo cada día y me siento en esta mesa para verla a usted, no para que me atienda Margarita. Llevaba tiempo tratando de reunir el valor para decirle que es usted la mujer más bella que he visto en toda mi vida y que me encantaría, si no le resulta demasiado atrevido, invitarla a… un café seguro que no, porque usted debe de estar harta de ese olor trabajando aquí, pero… ¿quizá a cenar?». Tú seguías mirándome con perplejidad y antes de que pudieras darme una respuesta tu jefe te llamó para regañarte. Te levantaste y me respondiste un único «Lo lamento. Me encantaría, pero no puedo». ¡Qué dolor tan grande me provocaste, Charlotte! Apenas te había escuchado pronunciar dos frases y ya sabía que estaría locamente enamorado de ti el resto de mi vida. Cuando volviste a traerme la cuenta, para mi sorpresa, trajiste también un papel doblado que la acompañaba. Al abrirlo y ver que me indicabas un lugar y una hora, fui yo quien quedó estupefacto.